En el pergamino de mi vida, trazo estas líneas como un intento de comprender, asimilar y, en última instancia, saborear las experiencias que han marcado mi existencia. Es como después de un opíparo banquete, donde reposas para permitir que la digestión haga su obra. Así, yo busco digerir los momentos, las lecciones y los senderos que he recorrido.
Las lágrimas más amargas que he vertido no han caído sobre lápidas frías, tampoco recuerdo tener palabras no pronunciadas y acciones nunca ejecutadas. He aprendido a evitar ese lamento, a no sucumbir a la letanía de lo no dicho y lo no hecho. Los errores propios y ajenos son meros comensales en esta banquete llamado vida, y me he entrenado para no dejarme consumir por ellos, aunque sus efectos se ciernan sobre mí.
La consciencia de que nuestra existencia es un tesoro compuesto por el oro efímero del tiempo y atención, nos convierte en los únicos arquitectos de cómo erigimos cada instante. Como un vampiro que requiere invitación para entrar en un hogar, las interrupciones y las distracciones son elementos que he aprendido a repeler. La valiosa lección es clara: cuidar las puertas de nuestra atención para que solo ingresen aquellos que verdaderamente merecen un espacio en nuestra morada mental.
El sendero que se despliega ante mí es breve, una carretera que se desvanece en el horizonte, pero su brevedad no disminuye su importancia. He comprendido que no se trata solo de caminar, sino de conocer el camino, de no avanzar a ciegas hacia el destino final. Las elucubraciones mentales y los juegos dialécticos, trampas que la mente tiende para distraerse del miedo a la muerte, son sombras que he aprendido a disipar.
En este viaje, abrazar las fantasías propias, cumplir con la narrativa única que cada ser humano escribe para sí mismo, se vuelve crucial. La esencia de la existencia radica en ser plenamente lo que ya somos, sin el peso de las expectativas ajenas. No hay sentido en apresurarse hacia el final, pues en ese punto no aguarda nada de verdadero significado; el tesoro reside en el camino mismo.
La victoria verdaderamente loable se encuentra en el dominio de uno mismo. En el crisol de la vida, forjar la habilidad de vencer los propios demonios internos, de superar las sombras que acechan en las esquinas de la psique, se erige como la meta más noble. En este viaje, he aprendido que la auténtica conquista está en el terreno de la autodisciplina y el autoconocimiento, como premisas para conocer y abrazar a la Verdad Absoluta.
(Anónimo)
Las lágrimas más amargas que he vertido no han caído sobre lápidas frías, tampoco recuerdo tener palabras no pronunciadas y acciones nunca ejecutadas. He aprendido a evitar ese lamento, a no sucumbir a la letanía de lo no dicho y lo no hecho. Los errores propios y ajenos son meros comensales en esta banquete llamado vida, y me he entrenado para no dejarme consumir por ellos, aunque sus efectos se ciernan sobre mí.
La consciencia de que nuestra existencia es un tesoro compuesto por el oro efímero del tiempo y atención, nos convierte en los únicos arquitectos de cómo erigimos cada instante. Como un vampiro que requiere invitación para entrar en un hogar, las interrupciones y las distracciones son elementos que he aprendido a repeler. La valiosa lección es clara: cuidar las puertas de nuestra atención para que solo ingresen aquellos que verdaderamente merecen un espacio en nuestra morada mental.
El sendero que se despliega ante mí es breve, una carretera que se desvanece en el horizonte, pero su brevedad no disminuye su importancia. He comprendido que no se trata solo de caminar, sino de conocer el camino, de no avanzar a ciegas hacia el destino final. Las elucubraciones mentales y los juegos dialécticos, trampas que la mente tiende para distraerse del miedo a la muerte, son sombras que he aprendido a disipar.
En este viaje, abrazar las fantasías propias, cumplir con la narrativa única que cada ser humano escribe para sí mismo, se vuelve crucial. La esencia de la existencia radica en ser plenamente lo que ya somos, sin el peso de las expectativas ajenas. No hay sentido en apresurarse hacia el final, pues en ese punto no aguarda nada de verdadero significado; el tesoro reside en el camino mismo.
La victoria verdaderamente loable se encuentra en el dominio de uno mismo. En el crisol de la vida, forjar la habilidad de vencer los propios demonios internos, de superar las sombras que acechan en las esquinas de la psique, se erige como la meta más noble. En este viaje, he aprendido que la auténtica conquista está en el terreno de la autodisciplina y el autoconocimiento, como premisas para conocer y abrazar a la Verdad Absoluta.
(Anónimo)