Solucionar estos problemas, sería tan fácil como que Javier Pera abriera una pequeña puerta interior y se atreviera a mirar lo que con horror quiere evitar ver: su profunda mediocridad, su profunda mentira, aquella en la que quiere ser lo que no es, la que quiere colocar a los demás mediante manipulaciones.
La mentira como verdad es el resultado de una posición defensiva adquirida por él desde el mismo principio de su vida; hace mucho tiempo que está atrapado en un juego de mentiras del que al final es víctima y convierte a todos los demás que le siguen ciegamente en víctimas también.
Se intenta defender de esa verdad y realidad, y es esa fragilidad, ese yo pequeño, minúsculo, esa piel demasiado fina que todo psicópata tiene precisamente frente a aquellos portadores de la mala noticia de la verdad o la realidad.
Y esa bronca, ese desencuentro, esa discusión puede ser suscitada por cualquier cosa que vaya en contra de su supremacía.
Y desencadena todas las hostilidades hacia aquellos que considera sus enemigos. Como estar perfectamente de acuerdo en que se agreda físicamente a un discípulo de Srila Prabhupada, como acaba de ocurrir.
Todo psicópata es alguien que se oculta detrás de una aparente buena autoestima, que se convierte muy pronto en un exceso de arrogancia, prepotencia, soberbia y que también muy pronto se va a tornar en una actitud condescendiente perdonavidas y directamente te da la sensación de que mira a todos los demás por encima del hombro.
Todo el que ha compartido "reuniones" con él y tenga una cantidad de neuronas todavía sanas, puede recordar y ver esas reacciones y comportamiento en Javier Pera, mas allá de la máscara social cuidadosamente aprendida durante 40 años.
La mentira como verdad es el resultado de una posición defensiva adquirida por él desde el mismo principio de su vida; hace mucho tiempo que está atrapado en un juego de mentiras del que al final es víctima y convierte a todos los demás que le siguen ciegamente en víctimas también.
Se intenta defender de esa verdad y realidad, y es esa fragilidad, ese yo pequeño, minúsculo, esa piel demasiado fina que todo psicópata tiene precisamente frente a aquellos portadores de la mala noticia de la verdad o la realidad.
Y esa bronca, ese desencuentro, esa discusión puede ser suscitada por cualquier cosa que vaya en contra de su supremacía.
Y desencadena todas las hostilidades hacia aquellos que considera sus enemigos. Como estar perfectamente de acuerdo en que se agreda físicamente a un discípulo de Srila Prabhupada, como acaba de ocurrir.
Todo psicópata es alguien que se oculta detrás de una aparente buena autoestima, que se convierte muy pronto en un exceso de arrogancia, prepotencia, soberbia y que también muy pronto se va a tornar en una actitud condescendiente perdonavidas y directamente te da la sensación de que mira a todos los demás por encima del hombro.
Todo el que ha compartido "reuniones" con él y tenga una cantidad de neuronas todavía sanas, puede recordar y ver esas reacciones y comportamiento en Javier Pera, mas allá de la máscara social cuidadosamente aprendida durante 40 años.