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Crónicas de las Hespérides (2 de 3)

El príncipe pensó en qué haría si no hubiera dragones que matar... Se sintió un poco inútil, como prisionero de su destino, sin opciones. Él sabía de la importancia de su cometido y que había contraído la responsabilidad después de haber sido apoderado para ello directamente por el Gran Mago.

¿Quién mataría dragones y liberaría reinos si él no lo hiciese? En realidad, había pocos caballeros capaces de tales acciones y lo más importante se sentía espiritualmente endeudado con su Maestro. El Gran Mago había dejado claras sus instrucciones y los caballeros iniciados sabían que debían cumplirlas tarde o temprano en su totalidad, dando la espalda a comodidades y planes personales y que eso sería lo mejor tanto para ellos como para los demás.

Habiendo encontrado a su princesa en una de las campañas, y sabiendo que ella tenía deberes que cumplir por un tiempo prolongado antes de entregarse completamente a él, no desfalleció en sus deberes. Es más, la tristeza de la separación y el inminente desenlace feliz le dieron más fuerza en su arduo cometido diario de salvaguardar la virtud y la paz.

Parecía que por una parte la presión de la responsabilidad aumentaba, su vida se haría más compleja y por otra sus deseos se veían recompensados con creces. Pero, ¿no era eso, el aumento de la responsabilidad lo que le había proporcionado tremendos avances como persona, como caballero y como príncipe? Por lo tanto, pensó que en lugar de temer la responsabilidad, debía darle la bienvenida con los brazos abiertos, como la causa de aún más felicidad, paz y satisfacción.

Se dio cuenta de que verdadero amor es sentir que desearías estar con la persona que amas cuando no está. Que, sin razón aparente, deseas saber cómo está, a cada momento. Que sin motivo, hablas de esa persona a la menor oportunidad. De hecho, en las historias de la Divinidad contadas por el Gran Mago, la separación parece dar más éxtasis a los dioses y diosas que la cercanía, de ahí debe venir la misma acusada tendencia de los mortales.

Y él sabía que su princesa sería de una ayuda vital en su cometido, aunque le disgustaba pensar en que ella tendría que abandonar sus comodidades reales palaciegas y cabalgar en polvorientos caminos acompañándole, siempre en búsqueda de aventuras en su propósito de complacer al Gran Mago y en cumplimiento de su sagrado deber. (continuará)
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