← Volver al archivo
Vamos a romper una lanza por los sinvergüenzas, ladrones y descerebrados que pueblan los templos en estos días. Podemos entender por qué actúan así: su vida es muy triste, vacía de sentido y llena de temor. Son infelices en grado sumo y eso hace posible que justifiquen cualquier acción.

Una persona que sufre así, es difícil que desarrolle buenas cualidades o que manifieste misericordia.

Ven este mundo desde el punto de vista de la autopreservación pura y dura y eso, unido a un sentimiento de que porque "soy devoto" soy especial y superior al común de la gente, les lleva a actuar de muchas maneras horribles como el ejercicio de la violencia fanática, todo tipo de política sucia, engaños, etc.

Como nunca han percibido realmente, ni en grado minúsculo, cómo todo es en realidad manejado por el Señor, no tienen fe y se vuelven cínicos y escépticos.

La filosofía y el estilo de vida vaishnava carecen de contenido real y comprensión personal; se vuelven un medio para conseguir lo que quieren, que muchas veces es solo sobrevivir. Esa falta de fe se retroalimenta, porque al actuar contrario al dharma (a pesar incluso de llevar ropas naranjas), uno obtiene sufrimiento y ansiedad que confirman su visión de la vida.

El devoto maduro sabe que en la medida que se "suelta" de sus deseos personales, Krishna viene a rescatarle. Pero el resto se aferran a su "sari", por poner el ejemplo de Draupadi.

Eso se convierte en un ciclo malsano que perjudica al devoto común y lleva a destinos horribles a los que se erigen como autoridades espirituales pero que en realidad son materialistas.

Y decimos "materialistas" no como un insulto o condena, sino con pena de que no sepan, no crean y no quieran creer en la mano de Dios que toca la vida de todos, especialmente de los que se entregan a Él.

Este escrito, lejos de ser una crítica, anima a esas pobres almas a despojarse de todo el entramado de mentiras, estrategias de dominación social e hipocresía cotidiana que conforman su vida. Muchos de ellos estan en la vejez y en pocos años sus puestos, dinero, influencia y propiedades no les valdrán de nada. En la última camisa (o kurta), no hay bolsillos.

No es que deban estar desprovistos de deseos y fallos, pero sí que se presenten ante Dios y el mundo tal como lo que somos, unas pobres almas que buscamos la paz.
← Volver Ir al archivo →