Templo de Málaga, España. 7 de Noviembre de 2025
Enseñando verdades espirituales que uno mismo ha violado.
La devota se inclina hacia adelante desde el público, no para preguntar sino para explicar con voz llena de convicción:
"El sol, la luna, el aire... todos son testigos. Vayu está por todos lados, ve lo que hacemos. Porque el aire está por todos lados. Incluso si yo me escondo y hago algo escondidas, Vayu está viendo lo que hago."
Con ternura, comparte lo que su madre solía decirle:
"El que bien hace y mal hace, para sí lo hace. Es decir, tú mismo, tú mismo eres el receptáculo de tus propias acciones. Hay muchos testigos. Nunca."
Hace una pausa dramática.
"Nunca estamos solos."
El silencio en la sala es absoluto. Los devotos absorben cada palabra sobre Paramatma, sobre los testigos cósmicos, sobre la imposibilidad de esconderse.
Pero hay otros testigos en esa sala. Testigos humanos. Los que recuerdan. Los que saben.
Mientras ella habla de cómo "nunca hemos estado separados, nunca, Él sabe conscientemente cada detalle", las palabras adquieren un doble filo cortante.
Porque hubo un tiempo cuando sus manos y las de su marido alemán se apoderaron de grandes cantidades de billetes que no le pertenecían. Dinero del sankirtan. Dinero sagrado, recolectado libro por libro, sonrisa por sonrisa, en las calles por devotos sinceros.
La suprema paradoja: enseñar que hay testigos mientras se niega la propia memoria. Explicar que Paramatma ve todo mientras se actúa como si nadie les viera.
La cruel ironía de enseñar verdades espirituales que uno mismo ha violado.
Enseñando verdades espirituales que uno mismo ha violado.
La devota se inclina hacia adelante desde el público, no para preguntar sino para explicar con voz llena de convicción:
"El sol, la luna, el aire... todos son testigos. Vayu está por todos lados, ve lo que hacemos. Porque el aire está por todos lados. Incluso si yo me escondo y hago algo escondidas, Vayu está viendo lo que hago."
Con ternura, comparte lo que su madre solía decirle:
"El que bien hace y mal hace, para sí lo hace. Es decir, tú mismo, tú mismo eres el receptáculo de tus propias acciones. Hay muchos testigos. Nunca."
Hace una pausa dramática.
"Nunca estamos solos."
El silencio en la sala es absoluto. Los devotos absorben cada palabra sobre Paramatma, sobre los testigos cósmicos, sobre la imposibilidad de esconderse.
Pero hay otros testigos en esa sala. Testigos humanos. Los que recuerdan. Los que saben.
Mientras ella habla de cómo "nunca hemos estado separados, nunca, Él sabe conscientemente cada detalle", las palabras adquieren un doble filo cortante.
Porque hubo un tiempo cuando sus manos y las de su marido alemán se apoderaron de grandes cantidades de billetes que no le pertenecían. Dinero del sankirtan. Dinero sagrado, recolectado libro por libro, sonrisa por sonrisa, en las calles por devotos sinceros.
La suprema paradoja: enseñar que hay testigos mientras se niega la propia memoria. Explicar que Paramatma ve todo mientras se actúa como si nadie les viera.
La cruel ironía de enseñar verdades espirituales que uno mismo ha violado.