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¿Guru o psicópata?
Los falsos gurus vaisnavas dentro de ISKCON reproducen con precisión inquietante los patrones de comportamiento psicopático descritos en la psicología clínica. Construyen su identidad alrededor de la adoración de sus discípulos, pervirtiendo ceremonias como el vyasa-puja — que debería redirigir la devoción hacia Krishna — para alimentar su propio ego.

Figuras como Kirtanananda, Bhagavan das y Harikesa cultivaron auténticos cultos de personalidad dentro de la institución, exigiendo seva, dakshina y obediencia absoluta sin ofrecer a cambio guía espiritual genuina. Vivían parasitariamente del trabajo y el dinero de los devotos, gozando de lujos mientras sus discípulos pasaban penurias, en una ausencia total de reciprocidad y empatía.

Hoy en día, tenemos docenas de Bhagavanes y Harikeshas que ni siquiera tienen carisma material.

Para mantener el control, estos falsos gurus recurren a la triangulación: enfrentan discípulos entre sí, crean jerarquías internas de favoritos y, cuando alguien se atreve a cuestionar, lo acusan de cometer vaishnava-aparadha — ofensa a los vaisnavas —, que en la tradición se considera el peor de los pecados. Esta acusación funciona como un arma devastadora que silencia toda disidencia legítima.

Externamente exhiben humildad trascendental y devoción, pero cuando su autoridad es desafiada, muestran una ira desproporcionada que justifican invocando la figura del guru furioso que castiga por amor, distorsionando así el concepto de guru-kripa. Sus emociones devocionales son, en el fondo, una máscara elaborada.

La ausencia de moralidad internalizada se manifiesta en la transgresión privada de los mismos principios regulativos que exigen públicamente: no intoxicación, no sexo ilícito, no juego, no consumo de carne. El caso más extremo y documentado lo constituyen los abusos sexuales a menores en las gurukulas de ISKCON, que salieron a la luz en el juicio del año 2000 y revelaron una cultura institucional de encubrimiento.

La dinámica relacional sigue las mismas fases que describe la psicología del abuso. Primero llega el bombardeo de amor espiritual: el nuevo devoto recibe atención personalizada, prasadam, kirtan comunitario y experimenta un éxtasis que interpreta como gracia divina. Una vez que está emocionalmente comprometido, comienzan las exigencias irracionales, la humillación pública disfrazada de herramienta para romper el ego falso y el aislamiento progresivo de familiares y amigos, a quienes se descalifica como karmis ignorantes. Esta transición genera en la víctima una disonancia cognitiva profunda y una parálisis que le impide reaccionar.

Las consecuencias para quienes logran salir son idénticas a las del trastorno de estrés postraumático complejo: pérdida de identidad, incapacidad de confiar en otros, culpa persistente por haber supuestamente abandonado a Krishna — cuando en realidad abandonaron a su abusador — y crisis existenciales que pueden prolongarse durante años.

A esto se suma lo que podríamos llamar una amnesia perversa espiritual: los ex-discípulos tienden a recordar los kirtans, la comunidad y los momentos de aparente gracia, olvidando los abusos. La propia tradición refuerza este mecanismo al enseñar, citando selectivamente el verso 9.30 de la Bhagavad-gita, que las faltas del guru no deben verse. Esto lleva a muchos a regresar una y otra vez al entorno abusivo.

Las señales de alerta son claras: un guru que no tolera preguntas, que exige lealtad exclusiva por encima de las escrituras, que vive de forma incompatible con lo que predica y que aísla a sus discípulos de otras fuentes de conocimiento, incluso dentro del propio vaisnavismo. El Bhagavata Purana establece en el verso 11.17.27 que un guru incapaz de liberar a sus discípulos debe ser abandonado, y el propio Srila Prabhupada advirtió contra los gurus sin cualificación real.

La salida requiere reconstruir la relación con la filosofía separándola del abusador, distinguiendo entre el Krishna-bhakti genuino y la explotación institucionalizada. Porque el problema no reside en el vaisnavismo ni en la filosofía Gaudiya, sino en la estructura institucional que permitió — especialmente tras el sistema de gurus zonales instaurado después de 1977 — que personas sin adhikara (cualificación) ocuparan posiciones de autoridad absoluta e incuestionable sobre la vida de otros.
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